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Protégete, pero recuerda: necesitas el sol

En verano siempre llegan las recomendaciones para protegernos del sol y disfrutar de él sin riesgos. Pero ha adquirido una mala fama que no merece realmente. Necesitamos el sol sí o también. Lo único que tenemos que hacer es respetar su fuerza y sus riesgos, y conocer nuestras limitaciones. Conviene que recordemos que somos unos animales poco adaptados a la exposición continua al sol; venimos de monos que pasaban el día bajo las copas de los árboles a la sombra. Además, los seres humanos hemos perdido el pelo de la piel, que nos ayudaba a protegernos, así que somos vulnerables. Si lo recordamos, nos irá mejor. Que necesitamos el sol no es ninguna broma: dependemos de él. Primero, para no volvernos locos. El sol reduce nuestra tensión arterial y baja el ritmo de la respiración; por eso los deportistas no suelen tomar el sol antes de una competición, porque reduce su nivel de alerta y respuesta rápida. La radiación infrarroja nos produce bienestar y amodorramiento. Pero su efecto positivo va mucho más lejos. En los países nórdicos, la ausencia de sol es causa directa del alto índice de depresiones y suicidios, y eso sucede porque el sol afecta a la producción de serotonina en nuestro organismo, un neurotransmisor que regula el sueño, la temperatura interna y la líbido. Por si fuera poco, la luz solar incrementa el nivel de testosterona, y aunque la especie humana ya no tiene épocas de celo, se sospecha que el verano era nuestra temporada de apareamiento, entre otras cosas porque el sol hace aumentar el número de espermatozoides. Quizás de ahí viene la fama de los países sureños y tropicales respecto a la fogosidad sexual 😉 En contrapartida, aumenta la emotividad: lo notamos cada primavera cuando la sangre se altera y los enamoramientos aparecen con mayor facilidad. El sol nos impacta de diversas formas a la hora de dormir. Vale, en verano cuesta más, con las noches tan cortas y el calor. Pero la mayor exposición al sol en estas fechas reduce la cantidad de melatonina en la sangre, lo que nos hace sentirnos más despiertos por las mañanas… y más cansados por la noche. Esto nos ayuda a regular bien el ciclo diario de sueño y a caer dormidos más rápido cuando hay oscuridad. Dejando aparte que después de comer la siesta es casi inevitable 😉 Sí, la piel es el órgano de nuestro cuerpo que más sufre con el sol… tomado en exceso. Las exposiciones demasiado largas pueden producir quemaduras de diversos grados, que la piel recuerda toda la vida y que pueden causar melanomas –cáncer de piel–. Además, resecan la piel y la envejecen, la endurecen (hiperqueratosis) y producen arrugas. Pero poca gente sabe que el sol ayuda a reducir y eliminar el acné, aunque al principio parece que lo empeora pues hace que la piel expulse residuos e impurezas con mayor eficacia. Además mejora la psoriasis y otras enfermedades de la piel como el vitíligo. Pero quizás lo menos conocido es que tomar el sol nos protege de varios tipos de cáncer, en concreto de mama, colon, ovario, útero, estómago, linfomas o próstata, gracias a la producción de vitamina D. La mayoría de las vitaminas que necesitamos para vivir las tomamos en el proceso de alimentarnos. Pero en el caso de la vitamina D, la producimos nosotros mismos internamente, siempre y cuando tomemos el sol, que con su radiación ultravioleta hace reaccionar un elemento llamado 7-dehidrocolesterol… que efectivamente, proviene del colesterol de la sangre. Eso sí, basta con 10 minutos de sol dos o tres veces por semana para obtener el 100% de la vitamina D que precisamos. La falta o escasez de vitamina D deriva en problemas serios de salud. Es imprescindible para la formación ósea porque regula la absorción del calcio y la mineralización, previene la osteoporosis, y su ausencia daña la dentadura, los huesos y las articulaciones. No sólo eso: se ha descubierto que en los países con poco sol hay un mayor índice de casos de esclerosis múltiple. La vitamina D también reduce la producción de la hormona paratiroidea, que regula la presión arterial, y mejora la secreción de hormonas de las glándulas tiroideas y la hipófisis, además de regular el metabolismo de la glucosa, reduciendo su presencia en la sangre. Pero además, el sol mejora nuestra inmunidad, aumentando el número de glóbulos rojos y blancos, permitiendo no sólo una mejor respuesta inmunitaria, sino también una mejor circulación del oxígeno, junto con una dilatación de los vasos sanguíneos, lo que hace que el corazón se esfuerce menos y que nuestros músculos respondan mejor al esfuerzo físico. Poca gente sabe algo de lo que hemos dado una pista dos párrafos atrás… y es que el sol ayuda a reducir el colesterol. La radiación ultravioleta impulsa la metabolización del colesterol. Si a ello le añadimos que en verano solemos movernos mucho más y comer más fruta y verdura, queda claro que nuestras arterias agradecen muchísimo el sol. Sólo hay un órgano que no lleva muy bien el sol, y son los ojos. La radiación ultravioleta produce daños en la mácula y aumenta el riesgo de desarrollar cataratas a largo plazo. Evita la exposición directa y usa protección adecuada. Y para terminar, el mejor consejo para disfrutar y aprovecharse de los beneficios del sol es la prudencia. Toma poco el sol a la semana. Nada de exposiciones largas, es mejor muchas exposiciones cortas con cuidado; nuestra piel se encargará de ponerse morena poco a poco sin correr riesgos. Hay dos tipos de filtros en las cremas de protección, los físicos (esas cremas que parecen una capa blanca de crema) y los químicos (las que suelen ser transparentes y se absorben mejor, aunque también reaccionan más con la piel y pueden producir alergias). Apréndete en qué consiste el FPS o factor de protección solar, es muy sencillo; por ejemplo, si tienes una crema factor 15, y tienes una piel que en 5 minutos se enrojece, multiplica 15×5 y ya sabes el tiempo que esa crema te protegerá antes de tener que volver a ponértela (15×5= 75 minutos). Aunque parezca lo contrario, las sombrillas dejan pasar bastante luz y radiación, la suficiente para recibir la dosis necesaria de sol e ir oscureciendo la piel. Estés en el campo o en la playa, si el día es luminoso (e incluso estando nublado) tendrás sol suficiente en tu piel quedándote a la sombra casi todo el tiempo. No hace falta achicharrarse sobre la toalla. La prisa en ponerse moreno es una mala consejera en nuestros tratos con el sol. Hidrátate, busca la sombra, renueva la crema solar cada hora y media o dos horas, y podrás disfrutar de todos los beneficios sol sin riesgos

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