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Comida ecológica: buena, pero no siempre la mejor opción

La verdad es que todos, cuando vemos algo en la tienda que pone “ecológico”, inmediatamente pensamos que es de más calidad, más sano, menos dañino para el medio ambiente. Pero, ¿es cierto? La comida ecológica está de moda, no cabe duda. Si no es más popular es por sus precios, considerablemente más caros que los productos convencionales (entre un 30 y un 50% más). Y también, porque los alimentos ecológicos duran mucho menos sin estropearse: es lo que pasa por no usar conservantes. Aun así, la comida ecológica es ampliamente alabada en casi cualquier web, revista o programa de televisión que veamos. ¿Qué cosas buenas tiene? A nivel comercial, son productos ecológicos aquellos que están correctamente etiquetados como tales, siguiendo la normativa de la Unión Europea (reglamento 834/07). Esto garantiza que han seguido los procesos correspondientes de producción, elaboración y distribución que dicta la norma. En cuanto a las ventajas prácticas, las más evidentes y fácilmente comprobables son dos: los productos ecológicos suelen tener mucho mejor sabor que los convencionales, y al no usar pesticidas no corremos riesgo de ingerir restos de los mismos que pudieran persistir en los alimentos. Pero, ¿y el resto de ventajas que se asocian a los productos ecológicos? Se suele decir que no dañan el medio ambiente, pero esto está en discusión. La agricultura ecológica precisa de más terreno debido a su bajo rendimiento, lo que en zonas sensibles como los trópicos produce mayor deforestación; dicho de otro modo, si toda la agricultura del planeta fuera ecológica, cientos de millones de personas morirían de hambre incluso aunque se talaran todas las selvas para dedicarlas a producción. Pero además, la huella de carbono (índice de impacto del CO2 generado durante la producción) es más alta en la agricultura ecológica que en la convencional, aunque parezca chocante. Ello es debido a varios factores: la misma producción exige más trabajo de campo, por lo que a partir de cierto tamaño una explotación ecológica necesita mayor uso de maquinaria que una convencional; además, los fitosanitarios ecológicos para evitar plagas y los fertilizantes son menos eficientes y en muchos casos son reciclados con un coste energético mayor. Se dice también que el valor nutricional de los productos ecológicos es mayor… y tampoco es cierto. Los expertos reconocen que los alimentos ecológicos tienen mayor cantidad de antioxidantes y algunos otros elementos… pero las diferencias son ínfimas y no suponen per se ninguna mejora nutricional para un individuo que lo consuma, en comparación con el mismo alimento producido de forma convencional. Y por el contrario, los alimentos ecológicos están en cabeza en las estadísticas europeas de alertas sanitarias, debido a que no usan conservantes y el control de plagas y hongos es muy precario, con muchos casos de brotes de la bacteria E. Coli (la de la gastroenteritis) así como de presencia de micotoxinas (toxinas con origen en infecciones de hongos). Pero entonces, ¿la comida ecológica es un engaño? No, en absoluto. Lo único que sucede es que el interés de nuestra sociedad por el medio ambiente y por la recuperación de lo natural en la alimentación ha creado una cierta “burbuja” comercial en torno a estos productos. A nadie se le escapa que los productos “del pueblo” saben mejor y se perciben -con razón- como más sanos al consumirlos. La producción agrícola tradicional, sobre todo de pequeñas explotaciones, suele tener una inconfundible calidad que asociamos por error a lo ecológico. Y sin embargo, muchos de esos productos de pueblo no siguen para nada las técnicas de agricultura ecológica… pero sí han sido producidos con cuidado, sabiduría y cariño. Como siempre, lo más conveniente es aplicar el sentido común. Si queremos sabor, compremos verduras frescas, maduradas en la mata y no en almacén, mejor si son del mismo día; y dejemos de buscar el tomate o la manzana más bonita y brillante, porque los productos más sabrosos suelen tener un aspecto poco atractivo, precisamente por madurar en el campo, al aire, en contacto con la tierra y expuestos al sol, al terreno y a los insectos. Quizás no sean verduras estrictamente ecológicas, pero muchos agricultores usan técnicas naturales para sus campos que casi las equiparan en calidad, y viceversa, la agricultura ecológica no está exenta del uso de fitosanitarios. Intenta averiguar quién es el agricultor que surte a tu supermercado o frutería y cómo trabaja, es algo que fomentará otras cosas tan deseables como el “comercio de proximidad” o el “comercio justo”, y ayudará a los productores locales a poner en el mercado alimentos de más calidad, menos competitivos en precio que los de producción masiva. ¿Vale la pena comprar comida ecológica? Si no tienes tiempo para buscar fruterías o supermercados donde vendan alimentos de producción local que puedas conocer y apreciar por su frescura y calidad evidentes, entonces sí… al menos en parte. Muchos productos que tienen la etiqueta BIO o ecológica en realidad no suponen ninguna diferencia respecto del mismo producto convencional. Conviene pensar bien en la forma de producción del alimento ecológico que tenemos delante, si realmente las técnicas ecológicas habrán supuesto un cambio importante o no en cada caso. Como regla general, cuanto más fácil y menos cuidados exija el cultivo o producción de ese alimento, más improbable es que la técnica ecológica haya merecido el sobreprecio que vamos a pagar. Elige bien, elige lo natural, lo cercano, lo sano y sabroso, pero no pagues de más porque esté de moda. Ayudarás más al medio ambiente usando el sentido común.

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